TARDE, MAL Y NUNCA: ALGUNOS DESACIERTOS DE ESPAÑA EN EUROVISIÓN

 

El Festival de la Canción de Eurovisión tuvo su primera edición en 1956, como una idea del presidente de la Unión Europea de Radiodifusión para dar a conocer la música de los países de Europa más allá de sus fronteras.

 

En los inicios del festival, el corte de las canciones era semejante: temas fáciles de transmitir por radio, con orquesta en vivo y siempre en el idioma oficial del país. Estas normas fueron relajándose progresivamente, y con el avance de los años se dio además puerta de entrada a muchos otros países, lo cual enriqueció enormemente el abanico de las propuestas musicales y escénicas.

 

Y es que actualmente, llamarlo “Festival de la Canción” es prácticamente nombrarlo por el esqueleto. La parte estética, a día de hoy sin normas y con posibilidad de todo tipo de puestas en escena originales (y a veces delirantes), ha tomado el control de un festival en el que la música se convierte prácticamente en una feliz excusa para montar todo un carnaval internacional.

 

Las tendencias en Eurovisión, por supuesto, guardan una estrecha relación con las propuestas musicales que se están dando a nivel global. No obstante, Eurovisión debe también entenderse como una entidad propia, que tiene sus propias líneas y que se toma la temperatura a sí misma con el paso de los años para predecir un éxito, muchas veces con resultados que podrían ser sorprendentes si solamente tuviésemos en cuenta las tendencias musicales globales.

 

En todos estos años de participación, España sólo ha ganado una vez y media: en 1968 con Massiel y en 1970 con Salomé. Después, tras casi 50 años de participación ininterrumpida sin comernos un colín, hay una pregunta atormentada que brota de los corazones de los eurofans: ¿qué es lo que estamos haciendo mal?

 

Mi tesis es sencilla: nos cuesta abandonar viejos moldes; no sabemos anticiparnos a las tendencias que vienen con fuerza, y lo que hacemos es abrazarlas años después, cuando ya no resultan rompedoras para nadie.

 

Para sostenerla, os expongo los siguientes puntos con sus ejemplos. Por acotar, todas las muestras están tomadas de 2002 en adelante, porque quien escribe es una millenial española y puedo separar los años de Eurovisión con un claro punto de inflexión desde Europe’s Living a Celebration (a.R. y d.R.).

 

 

 

QUITARSE LA ROPA DE GOLPE

 

 

 

Ese bombazo escénico hizo triunfar a Letonia en 2002, y Turquía también lo incluyó al año siguiente en su canción, que resultó ganadora en 2003. Muchos fueron los países que durante estos años trataron de sorprender a los espectadores con este efecto.

 

Nosotros lo hicimos con Edurne trece años después, en  2015, mientras el ganador (el representante de Suecia) estaba en el futuro, cantando un tema al más puro estilo David Guetta acompañado por un monigote virtual que él mismo iba dibujando.

 

Qué le vamos a hacer.

 

 

FOLKLORE BIEN, FLOKLORE MAL

 

 

El punto folklórico en la música, en la danza y en la puesta de escena siempre ha sido un valor de los más interesantes en el festival de Eurovisión, pues precisamente sostiene una de las ideas con las que fue creado: dar a conocer otras culturas musicales. En estos años ha habido propuestas de lo más creativas tomando como inspiración el folklore del país o la música étnica, dos de las cuales se alzaron ganadoras: Ucrania en 2005 y Grecia en 2006.

 

Estas victorias jamás han sucedido (y me atrevo a decir que jamás sucederán) con las propuestas folklóricas de España, tristemente siempre tirando del más que manido estereotipo flamenquito que ya tiene a Europa un tanto indiferente, sobre todo si se trata de temas que son difíciles de escuchar incluso con nuestros oidos patrios. Para muestra, batacazos de Son de Sol y de Las Ketchup en esos mismos años: 2005 y 2006.

 

 

CANTAR EN EL IDIOMA OFICIAL

 

En los inicios de Eurovisión, era obligatorio cantar en un idioma oficial del país, norma que se fue relajando hasta abolirse en 1973. Desde entonces, paulatinamente la elección del idioma ha virado hacia el más común: el inglés, aunque siempre con salvedades que han aportado diversidad al festival. De hecho, desde 2002 solamente había ganado un tema cantado en lengua no inglesa (concretamente Finlandia cantando en serbio en 2007); hasta el año pasado, que Portugal se hizo con el primer puesto con su tema en portugués.

 

España es uno de los países que más se ha resistido a abandonar su lengua natal: en toda nuestra historia solamente hemos cantado íntegramente en inglés con Barei en 2016. Lo cual, por un lado, parece de una tenacidad admirable por nuestra parte y una bonita forma de rendir culto a nuestra lengua. No siempre es del todo importante que la letra de la canción “se entienda” en el extranjero, hay muchas maneras de llegar al público.

 

No obstante, hay que tener en cuenta que a la hora de hacer una creación musical en un estilo conocido, todos los componentes ayudan a generar una textura. Y si durante unos años la moda en Eurovisión está siendo un estilo que resulta familiar en radio fórmula, los fonemas son tan importantes como los instrumentos, la atmósfera, la puesta en escena o los ritmos: es triste, pero el español no cuaja bien en los estilos más electrónicos que triunfaron en Eurovisión entre 2012 (Euphoria) y 2016 (Heroes).

 

 

POR DIOS, QUIÉN ES ESA GENTE

 

 

Hay algo que en Eurovisión siempre gusta, y eso son las propuestas subrealistas que hemos tenido el inmenso placer de contemplar a lo largo de estos años. Los Eurofans tienen la capacidad de llevar algo muy friki a las puertas de la victoria.

 

 

 

Y digo las puertas porque solamente podemos decir que haya triunfado algo realmente excéntrico en 2006 con Hard Rock Hallelujah, pero tenemos muchas que se han quedado en el pódium o cerca de él: el pringao alemán de 2006, el extraterrestre ucraniano de 2007, las abuelas rusas de 2012...

 

 

Aquí podemos decir orgullosos que SÍ supimos subirnos a tiempo a ese tren: en 2008 llevamos a Rodolfo Chiquilicuatre a interpretar una espléndida ridiculez que, aunque no estuvo cerca de salir victoriosa, nos dio la segunda mejor puntuación que hemos logrado en estos últimos 15 años.

 

(Perrea, perrea)

 

 

LA BALADITA SENTIMENTAL / LA CANCIÓN ÉPICA / EL TEMAZO BAILABLE

 

 

Parece que Eurovisión se autorregula prefiriendo cíclicamente una de estas tres opciones como ganadora, en una fórmula matemática que aún no se ha logrado descifrar. Lo que sí sabemos es que la baladita sentimental  aparece como una especie de sorbete de limón cada diez años para que nos sea más ligero seguir consumiendo las otras dos.

 

 

El año pasado ganó una canción enormemente emotiva. En 2018, España se arriesga mandando algo igualmente suave y sentimental en letra, música y puesta en escena.

 

 

¿Será este otro desacierto?

 

 

LA CIENCIA apunta a que sí.

 

 

Estamos impacientes por averiguarlo.